miércoles, 6 de febrero de 2008

Principio de novela II



Introducción

Caminábamos hacia la casa de aquel chico, de aquél con cara de sinestesia.

Ésta no es una historia común.

Alguien me dijo una vez que Nietzsche dijo algo así como que cuesta leer a los filósofos porque se empeñan en explicar lo que escriben… Me lo dijo precisamente porque yo, muy a menudo, me empeño en explicar la forma de mis textos. Dicho esto, y a pesar de ello, me voy a arriesgar y sigo explicando. Digo que no es una historia normal, común. Muy lejos queda de mis pretensiones narrar una historia, exponer un argumento. No me interesan excesivamente los detalles de los paisajes, lo cual no significa que no describa algunos; ni excesivamente la psicología de los personajes o la linealidad, aunque haya de todo eso.

Lo que quiero decir es que las historias son falsas y aburridas en su mayoría. Aburridas sólo –esto en las mejores- en ése sentido. Es decir, en el sentido de que son falsas. Borges ya tuvo el gran acierto –por eso los grandes son grandes, por tener grandes aciertos- de titular ficciones a sus ficciones. Aunque sea redundante.

La realidad puede ser una ficción, se me dirá. O superar a las ficciones. Precisamente ahí voy yo.












Primera parte

Vamos a tener que arreglar el grifo, las paredes, la estancia, todo el suelo… Acabamos de mudarnos. Este piso es más pequeño, pero más soleado. Se aprecia desde aquí toda la ciudad y apenas nos estorban esos altos edificios nuevos. Esta noche vendrán a cenar Jorge, Laura y Esquivel. Vamos a hacer una pequeña fiesta de inauguración, pero no podía venir todo el mundo y al final serán dos o tres pequeñas fiestas que se limitarán a cenas frugales y rondas de bebidas.

Yo le dije a Mónica que el cuadro de la entrada no me gustaba. No me gustaba. Era una imitación de Rafael que me daba miedo y un poco de asco. No conseguía hacérselo entender. Tener ahí colgado un Rafael falso durante años me horrorizaba.

Ella ponía Bowie, leía Kafka, fumaba hash, y vestía minifaldas poperas y lucía gafas de sol. Se teñía camisetas a lo hippy y tenía bastante dinero. Le gustaba follar con las piernas abiertas y la puerta cerrada. Encendía incienso y bowie bajito, a veces algo español, no sé, sus pereza o calamaro. Acabé odiando el puto incienso.

Jorge llega sólo y me dice que nos tomemos él y yo algo en el bar. Laura no podía venir. Mónica no dice nada, sin Laura le da un poco igual.

- Me ha llamado Esquivel y me ha dicho que está con otro y que me deja.-Me suelta Jorge con pocos preámbulos. Que se joda, pienso yo, era una puta egoísta y, además, nunca me cayó bien. En vez de decirle eso, le pregunto:

- ¿Tú la querías?-Odiosa pregunta, pero que siempre encuentro justificada.

- Hombre… Ya sabes, quererla, quererla… Es el mismo puto rollo de siempre. Yo sabía que era una guarra que me ha puesto tubos un par de veces. Pero luego volvía con su carita de cordera degollada, de que iba borracha, de que no significa nada… Y yo me pregunto cómo no puede significar nada dos años de encuentros a escondidas. El caso es que al final se ha ido con otro. Un gilipoyas de gimnasio. Lo peor es la sensación de que, si lo viera, no podría ni darle dos hostias…

Nos tomamos varias cervezas. Él me suelta la misa mierda de siempre. Que son todas unas guarras, que cómo podía hacerle eso… me suena a canción de Alaska. Por un momento pienso que no quiero a Mónica. Si me pusiera los cuernos, o me abandonara, me jodería más por la sensación de haber perdido, es más, por la sensación de no haber ganado, o de que me hayan ganado, que por ella en sí. Si lo pensaba fríamente, no, no la quería. No es que fuera una más, ni una menos, no, es que no la quería. Sencillamente.

Vuelvo a casa y encuentro a Mónica tumbada en la cama dormida. Su cuerpo desnudo me provoca erección. No lo puedo evitar. En ese sentido, fue un auténtico regalo del cielo. No siempre me gusta hablar con ella, de hecho casi nunca, no siempre me hace reír, de hecho casi nunca, pero siempre me provoca una erección de caballo. Nunca me canso de contemplarla. Vestida, desnuda, en bragas, bikini, minifalda, por dios en minifalda… Sus pies son bombas para mí, y toda ella es un volcán.

Me desnudo y me tumbo a su lado. Pienso en despertarla para hacer el amor, pero entes reflexiono acerca de mi propiedad. ¿Es ella mi propiedad? La monogamia es muy curiosa. Cuando yo no tenía a Mónica me obsesionaba con una amiga que se había follado a tres amigos míos. A mí me volvía loco, y aún me vuelve. Creo que, de no haber encontrado a Mónica, me hubiera pegado un tiro. Mis hormonas son mías sólo para indicar que no son de otro, pero ni mucho menos para indicar que yo las dirijo o las controlo o las domino de alguna forma. Ellas responden a unos mecanismos que escapan totalmente a mi control, a no ser que hablemos de bromuro o química en general. En cuyo caso sus efectos son generales, nunca determinados. El caso es que sólo con Mónica he vuelto a sentir algo tan intenso. Era brutal, bestial. Si ya de por sí el ver a chicas en general te dejaba muy maltrecho, con ella era demencial. Me llamaba al móvil y sólo el ver su nombre en la pantalla me causaba una erección. En verano iba descalza y, a veces, jugando, me ponía el pie en la cara, y yo sé que si la hubiera matado en ese mismo instante, cualquier jurado que pudiera escrutar mis hormonas me absolvería. ¿La violo?, me preguntaba continuamente. No, eso está mal. Pero, ¿y por qué entonces la naturaleza cruel se empeñaba en torturarme de ese modo? ¿acaso la selección natural me estaba indicando que ella y no otra debía ser la indiscutible madre de mis hijos? ¿y por qué ella se echa en brazos de los cabrones de mis amigos, dejándose introducir sus paupérrimas pollas por sus cavernas ignorando mi obcecación demencial?

Hace tiempo que dejé de creer en dios por razones sexuales mucho antes que de otro tipo.

El caso es que la desperté y me dijo riéndose que me esperaba. Follamos bastante bien.

Luego me dormí un rato, no más de media hora. Cuando desperté ella dormía de nuevo. Realmente tenía cara de ángel. Me preguntaba por qué me quería, si es que me quería, o por qué me había elegido a mí para pasar estos preciosos días de ya huidiza juventud.

Las mujeres son un misterio. Supongo que los hombres también lo somos. Así que digamos que el sexo opuesto es un misterio. Hay que tener la convicción de que todo lo que creamos saber sobre él es falso. Absolutamente. Luego hay que tener la convicción de que no valen las convicciones. Sólo ésta que acabo de mencionar. Es como en la película esa mediocre de Hitch, o algo así, donde Will Smith es un erudito follador y alcahueto profesional. Sus clientes ponen en práctica todos sus consejos que, por otra parte, no son más que viejos tópicos manidos, y las mujeres se enamoran de ellos precisamente en los huecos que dejan entre una puesta en práctica del consejo y otra. Es decir, se enamoran de ellos cuando no ponen en práctico ninguna convicción, ninguna enseñanza acerca del otro sexo. El puto ser tú mismo.

Yo odio profundamente el “sé tú mismo”. Puedo creer saber a qué se refieren cuando lo dicen, pero es tan fácil de desmontar que no me atrae. Y, en el fondo, tienen razón. Ser yo mismo no funciona, ser otra persona no funciona. Quizá no esté hecha para tener amigos… Y, al final, Lisa consigue amigos.

Suena el móvil de Mónica pero ella no se despierta. Yo dejo que suene, no me apetece saber quién es. Alguna de sus estúpidas amigas, supongo. O la loca de la hermana, o la pesada de la madre. Me levanto y le cojo un cigarro del bolso. Me había jurado que no volvería a fumar, pero poco a poco estoy dejando de no fumar… sin libros de auto ayuda ni nada.

Tiene sueño robusto, así que enciendo el ordenador para poner música. Betales, Eagles, Iron Maiden, Scorpions, La Casa Azul, Paulina Rubio, Los Inhumanos, Celtas Cortos, Héroes, poperos guiris que según cómo me levante me emocionan o me aburren, Rolling, Loquillo… un poco de todo. Selecciono reproducir todo y le doy al random. Que elija la máquina por mí. Tarda unos segundos en abrir a la vez los más de dos mil archivos que hay de música en ésa carpeta. Empieza a sonar primeros compases de algo que relaciono con Peral Jam. Está bien.

Me asomo a la ventana. El móvil ha dejado de sonar. Me imagino que llenará la pantalla el mensajito anunciando que una llamada está igual que la mayoría de nosotros, sino todos. Mi casa es como la vida misma. Dependiendo de por dónde te asomes ves unas cosas u otras. Si me asomo por un lado, mi habitación, tengo cemento a menos de tres metros de mí. Unos vecinos yonkis escuchan flamenco o when i was young mientras se pinchan algo hasta altas horas de la madrugada. La verdad es que tampoco me molestan. Justo al lado hay un solar abandonado, con un árbol que se muere y un tejado hecho de cañas y barro, a lo Blasco, y muros de piedra que se caen con el paso de los años. Como todos. Sin embargo, no me deprime. Veo belleza en esos restos, en el cemento, en el gris de la pared agrietada de en frente. Por otra parte, si me asomo por el otro lado, veo la playa. Se extiende delante de mí un trozo del Mediterráneo. Las olas lamen la orilla del mar, olas en cuyas aguas barcos fenicios, griegos, cartagineses, romanos y decenas de culturas más que parió el Mediterráneo, hundieron sus quillas y surcaron sus aguas. Veo volar gaviotas sobre el mar, veo cuerpos tostándose en la playa, veo la especulación urbanística. Creo que saboreo la vista de cemento y grietas porque sé que al otro lado tengo la de mar y playa. De todas formas tampoco me asomo tanto a ninguna de las dos ventanas. Me quedo dentro de mi casa.







Segunda parte

Me levanto hacia las diez y ella no está. La verdad es que no estuvo nunca, pero eso no tiene mayor importancia en este relato.

Siento que la realidad se desvanece de nuevo. Soy consciente completamente de que la realidad no son más que mis neuronas, y me doy cuenta de lo fragilísimo que esto es. Así que me siento leve. Y este es el mayor miedo que puede sentir un hombre.

Veo el cemento como cemento. Ya no tiene sentido para mí. ¿Serán las drogas?¿golpes en la cabeza?¿la edad? Soy joven aún. El parkinson y el alzheimer resuenan a lo lejos. Soy capaz, totalmente capaz, brutalmente capaz, de despojar de valor y recuerdos al asfalto de mi calle. Mi barrio no es el barrio donde nací y me crié, donde jugué con los que aún son mis amigos, donde me escondía o corría para que no me pillaran… El barrio es cemento, sé que lo cosntruyó un arquitecto humano y sólo es piedra sobre tierra. Ya está. Absolutamente ya está.

Cosas como esas son las que te despegan de la realidad. Las que te hacen flotar. La llamada pérdida de raíces hace que te salgas volando hacia arriba, y el hombre ha de estar en el suelo. Me mareo.

La mejor medicina para estos casos es el fútbol. Ya sé porqué los hombres se flipan con el fútbol. Es gregario, une, te sujeta a tierra. Es una rutina útil, utilísima, absolutamente indispensable, diría yo. Lástima, terrible lástima que a mí no me guste el fútbol. Pero las noticias también unen lo suyo. Sé que hay treinta millones de españoles que conocen la misma noticia que yo. Y si hablamos de noticias internacionales ya son muchos más seres humanos. Eso te sujeta un poco. Crusoe no es humano si no se volvió loco en aquella isla.

Salí de mi casa buscando un poco de aire, aunque la ciudad ardía y sabía que regresaría con mucho más calor. Fui a casa de Jorge y bajó con dinero en el bolsillo. A lo largo de los ochenta años de nuestra vida, aproximados, un lunes veraniego por la tarde, a pesar de todo lo que hay que hacer en la vida y del poco tiempo de que disponemos, una de las mejores cosas que puedes hacer, desde tiempos inmemoriales, es ir a un bar a beber cerveza. Creas un microclima y una tarde es como una vida que has pasado cojonudamente. Claro que, a veces, vuelves borracho a casa y el martes te odias un mar un poco.

Nos ponen dos cañas y Jorge enciende el primer cigarro. Yo procuro no fumar. Tampoco hablamos mucho, o mejor dicho, no hablamos muy fluido. Podemos bebernos una cerveza entera sin casi hablar. Es lo que pasa con los que más quieres, que precisamente les quieres y ya les has dicho casi todo. Las cosas no es bueno repetirlas mucho. Y yo creo que soy hombre de pocas palabras, como esos tipos duros de Hollywood, sólo que no tan duro. Y creo que me gustaría hablar más, pero nunca sé bien de qué.

Aunque eso sí, hay veces que, por lo que sea, me animo un poco y me apetece contar alguna historieta o anécdota tonta. Igual que casi todo el mundo. Igual que esa gente que disfruta contándote lo que le pasó tan curioso hace dos días en el parking del centro comercial, o con su perra en casa, o yendo en coche… Así funcionamos los humanos en general. Nos tenemos que contar mierdas los unos a otros para entreternernos porque, si no, ¿qué coño hacemos?. Pero a Jorge y a mí no nos hacía tanta falta eso. Lo dosificábamos.

Me dice que lleva dos días sin Esquivel y que está jodido.

- ¿La echas mucho de menos? –le pregunto yo.

1 comentario:

Violeta dijo...

Sí!! Qué tal??!! Estás mejor con lo de la operación? Ya sé quién eres. Te puedo asegurar que me ha sorprendido bastante porque estoy en Alemania y ha sido casualidad, porque sólo me he conectado para ver el mail. Bueno, en definitiva, ha sido una cadena de sorpresas... Un saludo. How are your friends? Have a good time this summer!!
Violeta.